Han coincidido en esta primera mitad de marzo varios hechos que, en mayor o menor medida, tienen relación con la banda terrorista ETA y el submundo que gira en torno a ella.
Por una parte, los resultados de las elecciones del 1 de marzo, que dieron como resultado un crecimiento significativo, aunque ni mucho menos definitivo ni afianzado, de la representación parlamentaria del único representante político legítimo -en esta ocasión, también oficioso- de la Izquierda Abertzale vasca, esto es, Aralar.
Por otra parte, la vuelta a las andadas de grupúsculos disidentes del IRA en Irlanda del Norte, con tres cadáveres encima de la mesa, y el inequívoco posicionamiento contrario a tales actos del Sinn Féin de Gerry Adams.
Por último, la rueda de prensa del aún coleante Arnaldo Otegi, en la que, lejos de mirarse en el espejo de los dos "alter ego" (muy entrecomillado) antes reseñados, prefirió mirarse el ombligo, cuyo cordón umbilical sigue siendo incapaz de cortar, y disfrazando la indecencia moral bajo un halo de
wishful thinking, volvió a vomitar uno de esos discursos de consumo interno en los mismos términos desfasados de siempre.
En lo que a Aralar respecta, debo decir, ante todo, que me repatea el peloteo del que es objeto por parte de todos los partidos democráticos, en su tarea por "integrarlos completamente en el sistema". Creo que sobra, y que no es sano convertir la normalidad en virtud, en ningún aspecto de la vida, porque puede llegar a distorsionar la realidad. No obstante, en mi fuero interno, y desde mi profunda discrepancia con su concepto patriota de la vida y la política, Aralar tiene todo mi respeto por haber tenido la decencia y valentía de haber renunciado a la tutela y garantías de integridad que la serpiente y sus múltiples hachas les brindaba antes de echar a volar solos, y asimismo, y lo más importante, tengo la certeza en que su alejamiento de esos métodos proviene de una reflexión ética, del convencimiento moral, y no de un cálculo de autosubsistencia ideológica, ya que se produjo en un momento en el que ETA distaba mucho de oler a fiambre, y su apoyo social distaba asimismo de estar inmerso en un proceso de adelgazamiento con balón gástrico. Es decir, dudo a día de hoy que nadie vinculado a Aralar pudiera tener la menor tentación de poner siquiera una pistola de agua sobre la mesa, y por esa razón, me disgusta la aparente ansia que hay por "integrar" en el saco de Aralar al mayor número posible de voto cautivo de Herri Batasuna, porque, por más que se trate de voto libre, puede alterar el camino natural que en el año 2000 emprendió esta formación, por aquel entonces, casi un grupúsculo marginal. No creo que deba obsesionar a nadie que sean ciento cincuenta, cien mil, o cuatrocientos mal contados quienes renieguen de la defensa pacífica de las ideas. Creo que es preferible tener voluntariamente fuera del sistema -entendido éste en su aspecto ético más elemental- a cien mil ciudadanos, que integrarlos deprisa y corriendo, sin haber hecho la "travesía en el desierto" de reflexionar sobre cuatro fundamentos éticos, y convencerse de ello. Sin perder de vista que el horizonte, efectivamente, es conseguir integrarlos, y sobre todo, que se integren.
Es conveniente, para ello, fijarse en el caso del Sinn Féin, y en cómo, al igual que Aralar, tomó la iniciativa respecto al brazo armado, aunque en este caso, pretendiendo conducir a la banda armada tras sus pasos, objetivo que nunca parece haberse propuesto Aralar, que -acertadamente- aparece desmarcado de ETA desde el momento de su concepción. No es casual, por lo tanto, que el paso que dio el Sinn Féin en 1998 fuera replicado siete años después por el IRA Provisional, anunciando su desarme, como tampoco es casual que aún existan grupos disidentes, pues fue un proceso que nació más por la idea pragmática de que era necesario terminar con la espiral de violencia, que por un convencimiento conjunto e inequívoco de todo ese submundo de la perversión ética que ello implicaba. Aún así, el paso que dio el Sinn Féin es más que respetable, y tampoco me cabe la menor duda sobre su compromiso actual con la defensa de las ideas desde la arena exclusivamente política.
En cambio, Herri Batasuna sigue sin encontrar una senda por la cual dirigirse a la política, sigue sin saber superar sus roles y contradicciones. No elige, ni podrá elegir ya nunca, el camino de Aralar, el de la renuncia convencida de los métodos violentos. Tampoco elige el camino del Sinn Féin, que es el de, en aras del pragmatismo, tutelar en vez de ser tutelado, y oportunidades no le han faltado para ello. Y es entonces cuando, en el horizonte, se vislumbra una tesis cada vez más plausible: que el acoso y derribo de ETA por vía policial y judicial sea quien termine en su defunción, y ante la falta de ese referente, Herri Batasuna termine aceptando las más elementales reglas del juego.
Esa tesis, ardorosamente defendida por algunos,
me da mucho, muchísimo miedo. No creo que la integración en democracia por "rendición", sin haber superado ciertos complejos y vicios, sea un escenario deseable. No creo en esa clase de integraciones, ni en esa clase de aceptaciones de reglas del juego. Apoyo la acción policial y judicial, con la firmeza que corresponde, pero sin más ambición que la que atañe a cualquier otra actividad criminal, nunca como método exclusivo ni fundamental para superar este escenario. Confío en la pedagogía, aunque sea extenuante y no parezca efectiva. Creo, en definitiva, que no puede plantearse desarme sin debate interno previo, ni puede plantearse fin de la violencia sin convencimiento ético, ni puede negociarse nada ni integrarse con éxito en la acción política a quien no ha mostrado de motu propio su voluntad inequívoca de hacerlo. En todo caso, habrá que ayudar, sin paternalismos, a propiciar todo ello, y en el orden correcto.